Existe un marcado y creciente índice, que muestran la necesidad de buscar alimentos más sanos. Una tendencia que, según especialistas, se acentúa durante la pandemia.
Mientras tanto, en el Congreso se debate una Ley que impulsa la obligatoriedad de un etiquetado que detalle los ingredientes de los alimentos. Este proyecto, coincide con la creciente preocupación de los argentinos por lo que consumen diariamente.
Por otro lado, especialistas explican que la pandemia incrementó este interés y se tradujo en una mayor dedicación por la cocina y una selección de frutas y verduras producidas sin dañar el medio ambiente.
A través de una encuesta divulgada en las últimas semanas por la firma Ingredion, realizada en colaboración con Opinaia, da cuenta de que en lo que va del 2020, más de un tercio de los sudamericanos se ve reflejado en alguna corriente alternativa de alimentación. El 80% de los encuestados consideró que sigue dietas más saludables; el 44% argumentó que las adopta para prevenir enfermedades.
Sin embargo, esta tendencia tiene sus antecedentes, ya que en 2019, un sondeo de la consultora Nielsen reflejaba que el 92% de los argentinos se inclina a un consumo sustentable y en la Segunda encuesta Alimentaria que dio a conocer el MInisterio de Desarrollo Social de la Nación en septiembre de 2019, tres de cada 10 argentinos aseguró que lee cuidadosamente los ingredientes de los alimentos que compra.
Por su lado, Daniela Carrizo, coordinadora de la Secretaría de Comercialización de la Unión de Trabajadores de la Tierra, lo confirma en mostradores: “En la pandemia tuvimos un incremento muy fuerte de la demanda de nuestros bolsones con verduras sin agrotóxicos. Estábamos en unos 2000 bolsones semanales y llegamos a 6.000”.
La voz de los especialistas
“Hay una gran tendencia al consumo de alimentos básicamente orgánicos y se está tomando conciencia para buscar una alimentación saludable que sea sostenible en el tiempo y sustentable, es decir generosa con el medio ambiente”, asegura la nutricionista Jimena Jamardo, especialista en alimentación sostenible, del Centro Nutrihouse de la ciudad de La Plata.
Y agregó: “Claramente hay una necesidad de una alimentación más consciente, relacionada con el deterioro constante que sufre el medio ambiente pero también con lo que consumimos y nos llevamos a la boca. La pandemia nos puso en un lugar donde empezamos a cuestionar el modelo productivo y cómo nos repercute desde la alimentación. La gente salió en procura de otras vías de comercialización más amigables”, describe Carrizo.
A la hora de detallar los motivos de este anhelo de comer más sano, especialistas y consumidores coinciden en que hay razones ligadas a la salud, y otras a la necesidad de respetar, o al menos, dejar de dañar el medio ambiente.
Así lo explica Pedro Ramírez Otero, periodista, estudiante y “militante” de una alimentación agroecológica. “Hace un tiempo empecé a escuchar historias como la de Fabián Tomasi, un peón rural que trabajaba cargando con glifosato los mosquitos con los que fumigaban los cultivos y terminó él mismo muriendo joven con el cuerpo atrofiado”.
Y continuó: “Era la viva imagen de lo que los venenos hacen al cuerpo. Hay relatos de pueblos fumigados que sufrieron graves consecuencias. Así que fui apostando a un modelo alternativo de producción de alimentos que es la agroecología en la que hay una relación de ganancia para el productor y de respeto por los ciclos de siembra de la tierra, sin intervenir las semillas ni fumigar. No estamos alimentándonos bien pero la industria pone su plata para hacernos creer que si”.
Por su lado, la doctora María Alejandra Rodríguez Zía confirma la preocupación de sus pacientes y recuerda el emblemático juicio realizado en Ituzaingó, Córdoba, en 2012, en el cual se probaron los efectos perjudiciales de los agrotóxicos.
“La gente empezó a tomar conciencia de cómo los transgénicos nos están enfermando y las consecuencias de los pesticidas. Por eso hay una tendencia a elegir lo ecológico y a abaratar esos productos a través de una relación directa con el productor, evitando intermediarios”.
Cómo adherir a una alimentación sustentable
“Lo primero es salir del supermercado -avisa Ramírez Otero-. Comprar alimentos y no productos. Dejar los procesados que tienen soja transgénica, harina y azúcares. Una práctica recomendable es acostumbrarse a cocinar y freezar . Decidir qué se va a consumir en cada estación del año. Y ampliar el espectro porque quizás en un bolsón te viene algo que decís qué es y tenés que averiguar qué es y cómo se come, cómo se prepara”.
Jamardo agrega recomendaciones: que la compra sea local. De ese modo se apoya a pequeños agricultores de la zona, se garantiza que los alimentos no van a tener que viajar tanta distancia antes de llegar al plato y, por ende, van a estar más frescos; y elegir alimentos de temporada, que son más abundantes y están a un precio más bajo.
“Los pequeños agricultores suelen tener una gran variedad de alimentos en sus predios, enriqueciendo la tierra. Los productos orgánicos, sin agrotóxicos, están libres de químicos como pesticidas, fungicidas, herbicidas y fertilizantes; éstos pueden acarrear muchos problemas a la salud como el riesgo de padecer cáncer, problemas reproductivos, afectan el sistema inmune o incluso, el nervioso”, justifica.
Y apunta las ventajas que una elección nutricional de este tipo puede tener para el medio ambiente: una alimentación de producción local genera menos residuos ya que no tiene que empacarse ni transportarse grandes distancias. Asimismo,la elección de frutas y verduras, limitando el consumo de carnes y pescados, protege la biodiversidad y reduce el consumo energético y el calentamiento global.
“Curiosamente, la producción de alimentos deja un sabor bastante amargo en la naturaleza. La ONU estima que la industria alimentaria es responsable del 30% del consumo energético mundial y de un 22% de los gases que provocan el calentamiento global. Solo la ganadería supone el 14% de las emisiones a escala planetaria”, precisa.
Fuente: Telam























