La Coordinadora Ambiental y Derechos Humanos de Sierras Chicas, llevó adelante un análisis sobre la relación que tiene el capitalismo, la alimentación y el medio ambiente, haciendo hincapié en la producción regional.
Empezando desde que “la genética en las semillas hasta los productos que encontramos en las góndolas, están controladas por unas pocas empresas que acumulan, no sólo dinero sino también, poder”.

Y aquí está la primera puesta en escena: “Poder para definir qué se produce y vende, a qué precio, en donde y a quienes. Poder para influenciar fuertemente en las políticas del gobierno y nuestros gustos y deseos a través de la publicidad”, poder que para ser obtenido, es quitado de otros: el resto de las personas, detallan desde la Coordinadora.
En esta línea también hacen hincapié en que no importa la producción, porque si fue mala, será “a costa de subir los precios a los consumidores, ellos, los megaempresarios, nunca pierden”.
Entonces ¿Aún en estos tiempos de pandemia, de enorme crisis económica siguen generando ganancias? A lo cual la agrupación responde que sí, “con la visión de que el sector de la alimentación es esencial, cosa que nadie duda”.
Y aquí entra la cuestión alimenticia, siendo su principal objetivo el de proveer nutrientes para una vida saludable.
A los productos de grandes industrias, Miryam Gorban los nombra como OCNIS, objetos comestibles no identificados, “que tienen dentro de sus ingredientes sustancias difícilmente entendibles, como los son todos los “mejoradores” alimentarios como colorantes, saborizantes, estabilizantes, emulsionantes, entre otros, sin los cuales la industria alimentaria sería un fracaso”.
Sin embargo, hay más: destacan que se trata además de “un sistema que necesita mucho combustible como gas y petróleo. O los (mal) llamados biocombustibles, sí combustibles a partir de la vida, del desmonte y producir soja, maíz, caña de azúcar y varios otros cultivos de donde, además de alimento, se obtiene etanol para el desarrollo de diesel”.
“Agrocombustibles a partir de alimentos transgénicos, demandante de una química mortal para la vida con sus agrotóxicos y fuertemente dependiente de energías fósiles o vivas como los agro o biocombustibles”.
Y continúan: “Energías usadas para transportar desde materia prima hasta el procesado de los productos finales, para producir los envoltorios plásticos que tardarán muchos cientos de años en degradarse”, entre otras implicaciones más.
¿Cuáles son los efectos de este tipo de consumo?
La Coordinadora de Ambiente y Derechos Humanos, destacó que “en Argentina el 61,6% de la población tiene sobrepeso u obesidad, dato que salió de la última Encuesta Nacional de Factores de Riesgo (Ministerio de Salud, 2018)”.
Otro dato resaltado es que “más del 40% de los encuestados tienen hipertensión arterial y de diabetes el 12%, por lo que preferimos denominar a este sistema como SATAN (Sistema alimentario de transgénicos y agronegocio)”.
En este punto, se pone en discusión a la región, a Sierras Chicas, como espacio privilegiado fomentando un Sistema Alimentario Nutricional Agroecológico – Artesanal Regional (SANAR): “se van tejiendo en tramas hermosas como las de la cada vez más amplia red de huerteros y huerteras regional, y productores medianos y pequeños de alimentos saludables como frutos y yuyos del monte, huevos”, etc.
“Estos productos que se desarrollan tanto en Salsipuedes, Mendiolaza, Unquillo, Rio Ceballos, La Granja, encuentran a elaboradores (de quesos, comida vegana, omnívora, cosmética natural, flores de bach serranas, artesanías, etc.) productores y consumidores en las ferias agroecológicas como las de Villa Allende, Unquillo, Cabana y Río Ceballos”.
También detallan “las compras comunitarias de muchos nodos de familias del Corredor, como las que se realizan en Cerro Azul, Agua de Oro, Salsipuedes o como las que cada vez se articulan con mayor fuerza a partir de pertenecer a la red de Orgánicos Si o Si, la Red de Consumo Consciente Serrano de Cabana, entre otras que unen a productores de regiones próximas como Punilla, Río Primero, Río Segundo, Traslasierra, Cruz del Eje y Paravachasca con Sierras Chicas”.
“Todo ello a partir de alimentos que para su producción no han requerido de agrotóxicos ni de la precarización laboral y sí del trabajo férreo de familias y comunidades en pro del cuidado de la vida y de una política activa que defiende el territorio, el bosque, las cuencas y la tierra que les sustenta”, puntualizan.
Sin embargo, hablan de múltiples espacios que “buscan ampliar el SANAR compartiendo saberes, intercambios y mercados más justos y equitativos”, que van desde pequeños comercios, artesanos, entre otros, fomentando la conservación del medioambiente.
“En el momento histórico que nos toca como sociedad global, regional y local, colectivamente debemos apostar al sanar con la tierra” y, refuerzan la idea que frente a esta pandemia, “los comercios de proximidad, productores y elaboradores han desarrollado estrategias de urgencia para la entrega de alimentos saludables” y “ha permitido mantener, expandir y reforzar estos lazos vitales para que muchas familias puedan seguir alimentándose y otras teniendo su sustento económico en la actual crisis que vivimos”.
Finalmente, expresaron que “Entendemos que no podemos pensar el habitar, contra y más allá del capital y del desarrollismo destructivista de los territorios, sin pensarnos con alimentos, agua, tierra, bosques y cuencas que estén sanas”.
En este sentido agregaron: “Menos aún podemos pensar el Corredor Sierras Chicas sin las comunidades locales movilizadas para revertir los riesgos y vulnerabilidades socio-ambientales que nos dañan en las, cada vez más frecuentes, catástrofes ambientales que venimos viviendo”.






















